De los siete días de la semana, solo uno se hace notar. Salís a la calle y ves la magia en cada lugar. El aire es mas puro, tiene un aroma diferente, debe ser que hay menos autos, menos gente y hay mas oxigeno para los que sigilosamente se animaron a caminar. Deambulas y descubrís pequeños detalles de la vida, las hojas caen indiferentes, no quieren hacerse notar, solo quieren tu paso marcar si las llegás a pisar. Las bolsas vuelan con rumbo pero sin destino, es que su dueño no se quiso hacer cargo de el. Los abuelos caminan de la mano, sabios y grandes ellos, despertaron temprano para disfrutar más de la magia. Los perros que en cadena perpetua están, pasean atados a sus amos. Ellos nos brindan su amor incondicional pero el insaciable humano pide siempre un poco mas y se hace dueño de su libertad.
El semaforo sincroniza con mi vago andar, y me da paso para caminar. Esa parada de colectivo que muchas veces habité durante los incansables minutos de la madrugada, parece mucho mas amigable que ayer. En el cruce de las calles los cables se enredan con el cielo y las palomas juegan a conquistar el mundo desde allí, desconfiado el humano esquiva el destino de sus molestos y sorpresivos misiles.
Solo en días como hoy, se puede apreciar lo que una persona extrañaría de la ciudad: caminar por una fresca mañana, por la vereda del sol, sentir el olor a humo de las parrillas porteñas, escuchar un megáfono que deforma la voz de una forma muy particular, ofreciendo compra venta de muebles. Un mágico y otoñal Domingo.